Por detrás de la enmarcada circunstancia, así como quien aparece con la curiosidad de la primera travesura, se asoman dos, que son iguales. Se dirigen siempre juntos a los mismos objetivos, capturándolo todo a su paso. Encriptando sensaciones. Eligiendo recuerdos.
Se proyectan, se pelean y se encuentran. Si distancian, se concentran.
Ellos miran, bien castaños, y se emplazan saludables y cansados, siempre inquietos, siempre curiosos, siempre receptivos y eyectivos.Proyectan.
A veces lucen agotados. Agrisados por los días que le marcan las horas una a una en sus hendiduras.
Que sabrán esos ojos. Que ya no se perturban.
Sencillamente veces se suspenden en el vacío. Se extravían. Comentan. Increpan. Sugieren. Confirman. Enamoran. Vulneran.
Cuando regresan de sus interminables viajes por el cosmos, se guardan en sus órbitas habituales. Se entrecierran ensoñados, elaborando la magia de cada imagen retenida. Y por endemedio de sus hendiduras aparezco yo. Tal y como ellos. Que me levanto de entre sábanas de historias, vestida con los colores que mejor enmarcan mi pasos pisados. Vestido de blanco satén, o desnuda de frente al balcón, y a su luz, que es tan inmensa como las sombras en que se sume la mente antes de caer en un sueño profundo.
Una desequilibrada interfase entre el silencio y el movimiento, entre el sonido, la palabra, la luz de una vela en la inmensidad de la oscuridad de una noche de campo, que no ilumina y que no se amedrenta. La existencia. Todas esas y ninguna. La potestad de cien voces y una sola letra. De todas las intensidad y una sola mirada. De todos los escenarios y un solo cuerpo.
Un alpha y un omega. El mío propio.
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