Hoy es un martes
como cualquier otro. Que comienza a las 7 y termina… cuando termina. En días como estos, pienso que salir a la
calle seria de alguna manera, atentar contra la propia naturaleza. La voluntad
en mi interior permanece quieta. Y mi cuerpo, a su vez permanece inalterable
durante horas entre las sábanas.
En días como estos,
estos que casi ni recuerdo cuando empezaron mi espíritu toma forma de tempo y
mi apartamento viaja hasta historias pasadas. Amanezco nuevamente, en el día en
que las luces que ya no estaban, terminaron de apagarse, y casi como en una
epifanía, lo vivo todo otra vez.
Me encuentro
sentado en la oscura glorieta de laureles, desde donde estoy veo los dos leones
de piedra del jardín, y pensativa, la encuentro a ella soñando en vigilia, con
la mirada entregada al vacío. Comprendo al verla tan dentro de mis propias
retinas, cuán grande seria el vacío en mi
vida si ella faltara.
Entre nuestras dos
almas seriamos solo una.
Cuadernos enteros
con su retrato compuesto por cientos de palabras y mis mejores expresiones.
Nuestras almas se reunieron en un dulce costumbrismo en que nos abrazamos,
inocentes, a la espera de nuestro
matrimonio. Un tácito contrato acerca de un contrato que aún sin haberlo
mencionado jamás, se prometía presente. La amaba, y antes y aún después de
todo, la quería. Siempre quise a Paulina.
Entre tantos
recuerdos, la veo diligente y hermosa, atendiendo a nuestros invitados jugando
secretamente a ser dueña de nuestra casa. “Nuestra”.A pesar de mi legible,
torpemente evidente enamoramiento, nunca pude pronunciar un “Te quiero”. Los
escrúpulos de mi forma de amor infante jamás me lo permitieron.
En lo que me
parecía a Paulina, yo me encontraba a salvo; ella era la mejor posibilidad de
mi ser, en ella me libraba de mis defectos naturales, la torpeza, la
negligencia, la vanidad. Ser en ella, me liberaba del temor irrefrenable de
perderla.
¿Cómo podría perder
aquello que quizás nunca hube tenido? ¿A quién podría reclamarle, si eso
sucediera? Jamás hubiera pensado que a
Montero.
Hoy es un martes
cómo cualquier otro, pero también como aquel martes en qe por primera vez
recibimos a Julio Montero. (…)
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