Las voces muertas de los poetas
claman detrás de la puerta,
de terciopelo verde.
Me gana la ilusión novelista
de atardecer bajo la sórdida
disyuntiva de los jueves.
Nada había sido olvidado,
había que matar ese cuerpo,
callar sus marcas,
para que una mano acariciaría su mejilla.
Atados rígidamente a su destino,
envueltos en el pelo suelto
del crepúsculo virgen,
de ese pubis encumbrado.
La cabeza del hombre
entre tus piernas,
leyéndote una novela.
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