No quería
acercarme, andar la distancia hasta su casa, me agotaba desde la sola idea. No quería
encontrarla. No sabía que querría conocerla.
Me decidí a caminar
uno a uno, y sin ninguna prisa, todos los pasos que nos separaban. No era mi decisión,
pero hiciera lo que hiciera, esto ya tendría consecuencias.
Tanto resulto ser
que no quería ir, que ya estaba llegando, y tope con su puerta. O me topo ella
a mí, con su estrepitoso y desgastado color uva. Golpee una, dos y tres veces,
todas separadas por pausas de incertidumbre que para mí fueron eternas. Note un
ojo que desde antes de llamar a la puerta, me observaba a través de la mirilla.
Encontré fascinante su color. Era ella.
Me abrió la puerta,
y supe que debía conocerla. Que estaba allí, porque ahí debía estar, en ese
momento, con esa mujer. En un abrir y
cerrar de ojos, estuvimos conversando animadamente, con la desproporción
imaginable de todas las primaveras que nos separaban. Las mías por ser las
primeras, las de ella por ser casi un otoño que no vivió verano.
En algún momento de
la conversación, comenzamos a querernos Nos indagábamos los ojos, y nos preguntábamos
en silencio su realmente a ambos nos sucedía lo mismo. Una simpatia erótica se
enraizaba en nuestro entendimiento, opacando cualquier juicio que pudiera
hacerse sentir pertinente.
Nos extraviamos en
los ojos del otro.
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