Te llamo. Acudí con palabras claras a tu lenguaje lejano. Te llame. Te
invoque. Temblaste.
Tus pasos todavía no empiezan a llegar, y aun, los siento inmensamente
distantes.
En cada paso que deseo te acerques, te alejas.
La bata se cae. Y al caer descubre los senos demarcados por las largas
uñas de la mentira. Las palabras nuevas, sal ardiente que quema en la llaga,
infunden aliento de vida en los infestadas sanguijuelas que depuran la
esperanza moribunda.
La voz lastima en el espiralado centro de mi propia mente. La cabeza se
me sacude eléctrica, borroneando las imágenes devanadoras de los pensamientos.
Imaginación pérfida que no me perdona los momentos de duda.
La amnistía es el solsticio de mi sacrificio por querernos. Amado mío,
que te yergues vanidoso ante los ojos acartonados de quienes no reconocen lo
que de ti conozco. ¿Quien sino yo, es cuna de tu integridad? ¿En qué ojos, sino
en los míos es que has podido reflejarte entero?.
Detente y descansa. Hazlo. Reflexiona y Comprende. Aprende. Miras
los campos batallados en el pasado, el sacrificio de soldados que no fueron
leales a la causa tanto como a ti, con profundo sentimiento honroso.
Vete y dibuja tus paso en lo infinito del firmamento. Camíname los
recuerdos hasta haberlos pisarlos todos, hasta haberlos sufrido todos, y
redimirlos.
La ligereza de tu abrazo al mundo, deshonra la sangre que ya no tengo,
y mancha el lecho de agonías secas, con las marcas fuertes de tus brazos excitados.
Éxtasis absurdo, de dos o tres contracciones simbólicas. Abrazo pérfido
en que no me siento ni en el tiempo ni en el espacio.
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