Opus I

Como si la humedad aún no se hubiera ido, se acariciaba las manos con fuerza. Como si pudiera absorberla bajo presión. Como si aún pudiera.
Una excesiva pureza en la luz, le punzaba en la profundidad de  los ojos. Amagaba para protegerse el rostro, cuando recordó estar ocupado en quitarse la humedad.
Esa falsa humedad que sudaba constante, le recorría las manos, colonizaba su frente, y surcaba las grietas de su castigada espalda. La repelía.
Ardía en una fiebre de fuegos fatuos. Comenzaba a sentir el fuego en sus manos, en esas manos que tanto sudaban.
La ropa le caía mojada a cada lado del cuerpo, serpenteando con desagarro y elegancia entre las caderas y las piernas.
Un segundo de estupor. Y toda luz habría desaparecido. Aquello  que le quemaba la piel, comenzaba a enfriarle la sangre, Su cerebro, no podía ya decodificar qué sentir.  La luz purísima, desaparecía del cuarto. Desnudo y entregado, subyacía como cuerpo opaco enardecido. Finalmente ardìa.
Ya sin sentidos, podría describir la implosión universal de las palabras que ya no recordaba. Sus pupilas, convulsas, respiraban agitadamente los fotogramas del pasado. En una misteriosa cornisa de hormigón, su espíritu oscilaba como péndulo, entre dos mundos. Una brisa se volvió violenta, en esa cornisa con forma de balcón. No dejo de envolverle con suavidad y frescura el rostro, cuando comenzó a detenerle el torso, tanto como podía, con toda su furia como resistencia.
Escribía historia de amor y pasión, de vida, de muerte y de misterios en el aire. Mientras caía. Mientras abandonaba su cuerpo tardío.
Abandonado el otro cuerpo, calcinadas sus entrañas, escritas todas las historias con su sangre sobre el pavimento, recién entonces…pudo despertar.
No era El, el que habría muerto.

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