Pasaba por la calle sin ninguna otra intención, mas que la de atravesarla para abreviar, en el menor tiempo posible, la distancia que me separaba de mi destino de ese Lunes. Y te vi ahí. Te vi sin mirarte, porque sentí tus ojos imaginarios y penetrantes, desgrabando cada curva de mi perfil, y por ese maravilloso arte oculto de la atracción, decidí verte a la cara, imaginaria también, para descubrir finalmente, con que expresión cometías tal improperio de mediodía.
De todas las cosas que vi, no observé ninguna. La rauda pasión que habías levantado en mi pecho, me condujo a una obsesión irremediable. La posesión.
Desde que sentí el calor abrasador de tu presencia seductora, que me llamaba en la distancia, la predestinación fue una estación obligatoria del gran viaje que implicaba tenerte entre mis manos, para mí, como única dueña de una partícula reproducida y esparcida por todo el sistema. Dueña de uno entre tantos ejemplares clonados. Pero dueña de ese único al fin.
Me atreví a imaginarme a mi misma, cruzando el cristal del vidrio que tan inicuamente nos separaba, en un viaje sin retorno, hasta tu adquisición. Jugando a extrapolarme de mi propio deseo, te contemple entre varios otros, mas cuidados, originales y prometedores. Pero mi deseo exclusivo y exquisito seguía ahí, anhelandote ansiosamente.
Sucumbí. Como a tantos otros placeres sublimadores, sucumbí al encanto de tu tinta para mi imaginario aún fresca, a tus palabras que me prometían historia y emoción. Sucumbí a tu perfume de sin estreno, y a tus texturas formidables, en que lograba regocijar el espíritu aventurero de mis manos.
Tramité nuestra huida hacia mis pagos, hacia mi mundo de fantasía coleccionada, en las finas repisas de la memoria, y te traje conmigo, protegiéndote tiernamente en un abrazo de medio torso, con el que te conduje a descansar, en el privilegiado espacio literario de mi almohada. Para que me aguardaras allí, en la cabecera, como una promesa de nuevas e intensas sensaciones nocturnas.
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