Inconducente. El reloj marcha pero no marca las horas. No las verdaderas,
las que se marcan sobre la piel. Los minutos se acusan en años dolorosamente
perdidos, neciamente olvidados. El solsticio de una juventud desplazada, cae
derrotado bajo la inclemente insistencia de la obediencia de vida. Satisfacción
inevitable de los senderos de la marcha lenta y conducida. La esperanza,
jubilación de los sueños infértiles que no anidaron en la madre tierra
cementada de las urbes, es casa de todos, con patio de pastos altos y brisas
liberadoras.
El exoesqueleto de nuestras pulsiones se quiebra desventajado, y
abandona la resistencia para ofrecerse a la eternidad, fértil abrazo de tierra
negra y nueva. Abrigo atemporal de todos los horizontes.
0 comentarios:
Publicar un comentario